
Sabía que al abrir esas cajas no sólo el polvo me saltaría a la cara, sino que también la nostalgia repartida en fotos, cartas, tarjetas, diarios de vida, agendas, servilletas usadas y pequeñas esquelas de Sarah Kay con dedicatorias de amor y amistad.
Atesoro esos papeles como quién atesora el vestigio sagrado de la inocencia, la puerilidad y la infancia en el más amplio sentido de la palabra.
Me veo en esas fotos y encuentro a una niña como cualquier otra, con una infancia querida, cuidada, respetada.
Veo mi exhuberante y rubio pelo adornando una cara rosada siempre sonriente.
Acompañada de otras niñas igualmente sonrientes.
Incluso, algunas de esas niñas me siguen acompañando, y son, a la vez y junto con mis tesoros de papel, parte del vestigio de una vida pasada vivida, contada y rememorada con la alegría suficiente para decir que esos papeles podrían construir un puente indestructible a mi pasado, para poder cruzarlo cada vez que la adultez me ahogue con sus números, sus relojes y sus estructuraciones existenciales.
Puedo decir, después de leer un diario de vida de 1992, que, si bien he crecido y madurado, vivido y viajado, amado y odiado, conservo algunas partes de mi discurso intacto, como si mi esencia fuera inmóvil en la cadena del tiempo.
Y eso es porque, de una forma u otra, me he respetado y defendido con uñas y dientes.
Desde pequeña, hasta ahora, he conservado intacto el orgullo que siento por mi, y este orgullo es el que me ha permitido guardar esos papeles viejos y poder reconocerme, una y otra vez, en ellos.
Ya no junto esquelas, ni escribo un diario, ni tengo los vicios extraños de la infancia.
Ahora colecciono libros, escribo un blog, y tengo los vicios propios de la adultez.
Entre estas dos líneas sigo siendo Carolina, Carito, Carola, Carolita.
Y si bien ha pasado tiempo y he guardado en cajas parte de mi vida, algo de Sarah Kay me queda, además de los cachetes rosados.
Quizás la añoranza de una regadera de metal y flores en el jardín.
Como sea, guardo y abro las cajas y respiro una vez más el olorcito del polvo de la vida que sale de mis papeles sagrados.
Atesoro esos papeles como quién atesora el vestigio sagrado de la inocencia, la puerilidad y la infancia en el más amplio sentido de la palabra.
Me veo en esas fotos y encuentro a una niña como cualquier otra, con una infancia querida, cuidada, respetada.
Veo mi exhuberante y rubio pelo adornando una cara rosada siempre sonriente.
Acompañada de otras niñas igualmente sonrientes.
Incluso, algunas de esas niñas me siguen acompañando, y son, a la vez y junto con mis tesoros de papel, parte del vestigio de una vida pasada vivida, contada y rememorada con la alegría suficiente para decir que esos papeles podrían construir un puente indestructible a mi pasado, para poder cruzarlo cada vez que la adultez me ahogue con sus números, sus relojes y sus estructuraciones existenciales.
Puedo decir, después de leer un diario de vida de 1992, que, si bien he crecido y madurado, vivido y viajado, amado y odiado, conservo algunas partes de mi discurso intacto, como si mi esencia fuera inmóvil en la cadena del tiempo.
Y eso es porque, de una forma u otra, me he respetado y defendido con uñas y dientes.
Desde pequeña, hasta ahora, he conservado intacto el orgullo que siento por mi, y este orgullo es el que me ha permitido guardar esos papeles viejos y poder reconocerme, una y otra vez, en ellos.
Ya no junto esquelas, ni escribo un diario, ni tengo los vicios extraños de la infancia.
Ahora colecciono libros, escribo un blog, y tengo los vicios propios de la adultez.
Entre estas dos líneas sigo siendo Carolina, Carito, Carola, Carolita.
Y si bien ha pasado tiempo y he guardado en cajas parte de mi vida, algo de Sarah Kay me queda, además de los cachetes rosados.
Quizás la añoranza de una regadera de metal y flores en el jardín.
Como sea, guardo y abro las cajas y respiro una vez más el olorcito del polvo de la vida que sale de mis papeles sagrados.